noticias-antioquia 20 octubre, 2020



En su último libro, Changeons de voie (Cambiemos de vía), el reconocido filósofo francés Edgar Morin expone algunas lecciones que nos dejó el coronavirus. Lecciones vividas a nivel mundial con la nueva realidad: incertidumbre sobre nuestro futuro; un cambio drástico de hábitos, desde la educación en línea hasta el teletrabajo, y el nuevo relacionamiento con amigos y familiares.

Las consecuencias han desatado una megacrisis: política, económica, social, nacional y planetaria. En este escenario, Morin destaca la necesidad de generar un cambio que deberá guiarnos por tres caminos: la regeneración de la política, la verdadera protección del planeta y la humanización de la sociedad.

La gran pregunta es si es posible llegar a estos cambios con la educación actual. Y esta premisa nos lleva a otra gran reflexión que presentó este filósofo a la Unesco en 1999 en un documento sobre ‘Los siete saberes necesarios para la educación del futuro’. Es una guía que pretende contribuir a una educación para la vida y que, en buena medida, está ausente de los currículos educativos. Lecciones que también podrían extrapolarse al escenario político colombiano y en particular a la crisis actual, donde se vive una fuerte polarización.

El ciudadano del siglo XXI deberá luchar por la lucidez, construir un pensamiento complejo que acepte las diferencias, reconocer las múltiples facetas del hombre, tener una conciencia de la diversidad humana, afianzar la identidad planetaria, afrontar las incertidumbres, interiorizar la comprensión del otro y de la ética.

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Luchar por la lucidez

El primer elemento de gran envergadura es la preparación que deben tener los ciudadanos del siglo XXI para afrontar el error y la ilusión. Como lo destaca Morin, el conocimiento no es un espejo de la realidad. Es una reconstrucción cerebral a partir de signos captados y codificados. En esa construcción cada individuo llega a una interpretación subjetiva. El rol de la educación es el de enseñar a detectar las fuentes de errores, ilusiones o enceguecimientos. ¿Qué nos puede hacer caer en el error? El egocentrismo, cuando alguien se autojustifica y proyecta en el otro el mal. Un error de memoria escogiendo recuerdos que me convienen y que pueden estar sujetos a errores o ilusiones.

También las doctrinas son un claro ejemplo. Un sistema de opiniones cerrado que no permite el debate ni el cambio de posición. En ese sentido es fundamental poder dialogar con las ideas, controlarlas, ponerlas a prueba de verdad o error, investigar diferentes puntos de vista y reflexionar. Y, para esto, el intelectual insiste en la necesidad de construir teorías abiertas, que permitan aceptar nuevas generaciones de ideas, racionales, críticas, reflexivas y que en últimas puedan autorreformarse.

En otras palabras, la educación del futuro deberá enseñar a sus ciudadanos a tener una conciencia plena y no ser el juguete inconsciente de sus mentiras. Este primer punto es un gran aporte al debate político, aquel que está acabando con el diálogo entre contrarios. Enseñar a escuchar visiones opuestas y no dejarse enceguecer por las doctrinas, por un líder o un proyecto de país que no evoluciona y no se transforma.

Dos actores merecen citarse. Las posiciones doctrinarias y cerradas del Centro Democrático, así como la idealización de su mentor. Es también el caso del naciente partido Farc, que hasta hace poco seguía hablando de retenciones y no de secuestros. Obnubilados por su doctrina radical y su visión de la guerra, mantenían el vocabulario de su proyecto de lucha revolucionaria. Una y otra corriente deberían luchar por la lucidez y no ser el juguete inconsciente de sus ideas, de sus errores o de sus ilusiones.

Morin destaca la necesidad de generar un cambio que deberá guiarnos por tres caminos: la regeneración de la política, la verdadera protección del planeta y la humanización de la sociedad

Aceptar las diferencias

Los ciudadanos del nuevo siglo deberán contextualizar los conocimientos, mostrar las ambivalencias y las contradicciones. La verdadera educación no debe simplificar el conocimiento, sino, por el contrario, mostrar la complejidad. La educación debe mostrar que los antagonismos pueden ser complementarios. Es necesario tener una dimensión global en la que cada individuo aporta con su lenguaje un saber, unas obligaciones y unas normas que ha aprendido a lo largo de su vida. Al ciudadano del siglo XXI le corresponderá reemplazar el pensamiento que separa y divide por uno que diferencie y una.

Hoy, cuando Colombia está afrontando las dificultades de un acuerdo de paz frágil, esta búsqueda de un pensamiento complejo se hace más apremiante. Quienes votaron a favor del plebiscito y quienes votaron en contra deben reconocer las ambivalencias y las complejidades del acuerdo. La verdadera paz del país deberá pasar por un pensamiento que incluya las diferencias ideológicas, las posiciones doctrinarias contrarias. Un verdadero proyecto de país no deberá excluir ninguna corriente, ninguna ideología.

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Enseñar la condición humana

La educación del futuro deberá asumir la complejidad del hombre. Ese hombre que lleva consigo características milenarias: sapiens, demens, faber, ludens: el hombre del saber, el de la locura, el del trabajo y el del juego. Es importante abandonar la visión unilateral que tenemos del hombre, es fundamental entenderlo en su complejidad.

La educación debe por lo tanto tomar conciencia de la condición humana y de la diversidad de individuos, pueblos y culturas. Y en este aparte parece fundamental visualizar a los reinsertados en una dimensión global y no con una calificación única de bárbaros, hombres de la guerra, con la exclusiva característica demens.

La educación del siglo XXI deberá permitir verlos en toda su dimensión. Un proceso de paz, una reinserción a la vida civil bajo los principios de perdón y no repetición deberá regresarles las características de hombres de racionalidad y afectividad. Las raíces de la tierra colombiana están compuestas por aquellos que han estado en la vida civil y los que han decidido regresar a ella. La sociedad colombiana deberá aceptar y entender que el acuerdo con las Farc le dio paso a una nueva categorización, fundamental para la construcción de la paz.

Edgar Morín propone, en su nuevo libro, ‘cambiar la vía’ de la educación en el mundo a partir de siete postulados.

Foto:

Javier Agudelo. Archivo EL TIEMPO

Enseñar la identidad

No es posible ser un ciudadano del siglo XXI sin conocer la identidad terrestre, las diferentes culturas del mundo. Morin destaca la urgente necesidad de adelantar un diálogo entre culturas y épocas. La reforma del pensamiento deberá abrirse para afrontar nuevos hallazgos. No es posible mirar al futuro sin conocer la historia planetaria, y esto debe llevarnos a conocer la historia sin ocultar las opresiones ni las dominaciones que azotaron o azotan la humanidad.

La educación del futuro debe incluir un diálogo con la historia. Se debe transmitir lo antiguo y una apertura de espíritu para acoger nuevos escenarios. ¿Cuáles fueron los legados del siglo XX? Ciertamente, grandes progresos como la llegada del hombre al espacio, el internet, la televisión. Pero también debemos recordar dos guerras, miles de muertes y masacres, revoluciones que crearon opresión y que fueron contrarias a su proyecto de emancipación.

La educación del futuro deberá pasar por una reforma del pensamiento para abrirse a nuevas fronteras. Y para llegar a eso será necesario enseñar la historia de la era planetaria que comienza, según Morin, con la comunicación de todos los continentes en el siglo XVI. No se podrán ocultar en ese aparte las opresiones y las dominaciones de la conquista. Hoy, cuando se conocen los actos de rechazo de los pueblos autóctonos botando las estatuas como la de Sebastián de Belalcázar en el Cauca, se hace fundamental que la sociedad colombiana reconozca y comprenda la historia.

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En el marco de la polarización del país será imposible llegar a un entendimiento sin una comprensión de la historia de los orígenes de la violencia contada por todos los actores. Es un deber escuchar las diferentes versiones y voces.

Afrontar las incertidumbres

Toda decisión que tomemos es una apuesta. En ese sentido es fundamental educar a los ciudadanos para que sepan definir una estrategia que permita afrontar cada situación. En este punto, Morin destaca el famoso lema republicano que conlleva tres variables de difícil realización concomitante: luchar por la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Una libertad extrema lleva necesariamente a destruir la igualdad. Si se impone la igualdad, destruiremos la libertad. Y, finalmente, la fraternidad no podrá ser impuesta, esta deberá promoverse. Por lo tanto, lo importante es enseñar y mostrar que toda oportunidad tiene un riesgo.

La educación debe estipular los principios de estrategia para afrontar lo inadvertido. En este caso se hace apremiante ver que el gobierno Duque deberá afrontar con gallardía las incertidumbres del acuerdo de paz. No es posible mantener un proyecto de país con el espejo retrovisor, culpando al gobierno anterior de todos los males y dificultades en la administración de su gobierno.

Es un deber de este gobierno afrontar las incertidumbres del acuerdo y encontrar soluciones para luchar contra las disidencias, evitar que sigan siendo sacrificados los líderes sociales y dando respuestas rápidas a la implementación de los acuerdos de paz.

Priorizar la ética

Los dos últimos saberes: educar para la comprensión humana y resaltar la ética nos llevan indefectiblemente a una educación que respete al otro y que se funda en valores como la solidaridad, la conciencia y la ciudadanía planetaria.

Educar en la comprensión entre los humanos incluye un proceso de asimilación, entendimiento de las partes y de un todo. Pero va más allá, no solo es importante la comprensión intelectual, debe incluir empatía, apertura, simpatía y generosidad.

La educación del futuro deberá pasar por una reforma del pensamiento para abrirse a nuevas fronteras

Los obstáculos pueden ser múltiples: incomprensión de los valores de una cultura opuesta a la mía, imposibilidad de entender argumentos contrarios, incapacidad de autocriticarse, arrogancia o desprecio. En otras palabras, se necesita un alto grado de tolerancia.

Retomando la propuesta de Morin de cambiar de vía y de regenerar la política, el gobierno Duque, como primer gobierno desde la firma del acuerdo de paz, enfrenta el desafío de apostarle a una reforma del pensamiento en el país donde la tolerancia sea el principal valor que permita humanizar a la sociedad colombiana.

MARÍA FERNANDA GONZÁLEZ
Para EL TIEMPO