noticias-antioquia 7 junio, 2020



Estados Unidos es un país fundado sobre la esclavitud. La segregación racial cruza su historia y está presente en sus momentos más tensos y polarizados. Lo que le ocurrió a George Floyd no es nuevo. Se ha dado en múltiples ocasiones en un país que, nutrido de la fuerza del trabajo de los negros, siempre ejerció sobre ellos, por encima de todas las demás minorías étnicas, la supremacía blanca.

La esclavitud fue uno de los temas más complejos en la Convención Constitucional de 1787. De 21 padres fundadores, 14 tenían esclavos o los tuvieron en algún momento. De las 13 colonias, las dos Carolinas y Georgia eran fervorosamente esclavistas.

En Virginia, la primera en traer negros del África, había dudas. Su prohombre, Thomas Jefferson, presentaba una contradicción inentendible: la esclavitud violaba los derechos naturales de los negros, pero absolvía de cualquier responsabilidad de poseer esclavos, según escribió en el primer borrador de la Constitución. Para garantizar la Unión, cada estado tuvo sus propias políticas, aunque hubiera parámetros nacionales.

La Guerra Civil (1861-1865), que definió la orientación económica del país (el triunfo del norte industrial frente al sur agrario), abolió la esclavitud con la decimotercera enmienda de 1865. Pero esta tuvo un resquicio: se prohibía el trabajo involuntario salvo a los que tenían alguna condena penal. Sin su mano de obra fundamental, en el sur comenzaron las redadas. Los negros fueron condenados a mansalva, sin causa real, a penas mayores y a trabajar en condiciones aun peores.

Los estereotipos del ‘negro malo’, que violaba a la chicas blancas por ejemplo, se propagaban por el país. La película ‘El nacimiento de una nación’ (1915) fortalecía este concepto y también dio impulso al Ku Klux Klan. La cinta, que hacía la asociación negro-delincuente, fue aplaudida por la clase política de la época. Y eso explica los abusos policiales que se han mantenido a lo largo de los años, según el documental ‘Enmienda XIII’.

En 1876, los congresos estatales en el Sur con mayoría del Partido Demócrata (Abraham Lincoln, el abolicionista, era del Partido Republicano) impulsaron las Leyes Jim Crow, que reforzaron la segregación racial bajo el principio “iguales, pero separados”. Los negros no podían ir a las mismas iglesias, escuelas, hospitales de los blancos en el Sur. En el Norte, en cambio, fueron relegados a los guetos, esos “barrios peligrosos”.

La legislación se eliminó en 1965 con la lucha pacífica de Martin Luther King. Su asesinato, el 4 de abril de 1968, generó protestas violentas. Y si bien han habido levantamientos en los barrios negros por los constantes abusos policiales, los de ahora cruzan los 50 estados. Negros, hispanos, blancos y de todas las etnias expresan su indignación luego de ver que Floyd, sometido por la rodilla de Chauvin durante ocho minutos y 46 segundos, gritaba “no puedo respirar” y hasta pedir por su madre, muerta hace dos años.

Cambiar el destino

En el 2016, Colin Kaepernick decidió enfrentar su mayor encrucijada. Era el mariscal de campo de los 49ers de San Francisco. Esa posición es quizá la más elevada entre todos los deportes estadounidenses y quienes la ocupan tienen un brillo natural. Están llamados a ser líderes y los medios se enfocan casi exclusivamente en ellos.

Kaepernick caminaba a ser una estrella de la NFL. Pero agobiado por los abusos policiales y las muertes de líderes negros, decidió que no se pondría de pie cuando se entonara el himno nacional y colocó su rodilla derecha sobre la tierra. Los nacionalistas no se lo perdonaron; la NFL, tampoco. Dijeron que era un agravio para el himno, la bandera, el país.Varios jugadores imitaron a Colin. Trump exigió que despidieran a “esos hijos de puta”.

Kaepernick nunca más pudo jugar. Pero él tuvo un principio que defender: “No me voy a poner de pie para mostrar orgullo por la bandera de un país que oprime a la gente negra y gente de color. Para mí, esto es más grande que el fútbol y habría sido egoísta de mi parte mirar hacia otro lado”.

El movimiento Black Lives Matter (las vidas de los negros importan) había nacido. Como una burla del destino, cuatro años más tarde, Chauvin mataba a Floyd en la misma postura con la que Kaepernick reclamaba justicia e igualdad.

“Esto es el por qué (…) ¿Lo entiendes AHORA o todavía está borroso para ti?”, tuiteó el mejor jugador de la NBA, LeBron James.

El deporte ha sido un puntal para la integración racial y su reivindicación. En 1956, los Brooklyn Dodgers desafiaron al mundo contratando a Jackie Robinson, el primer negro en cualquier deporte profesional. Y él la pasó mal. Tommie Smith y John Carlos levantaron sus puños en guantes negros durante el himno nacional en los Juegos Olímpicos de 1968; ambos cayeron en el ostracismo. Muhammad Ali, un permanente defensor de los derechos de los negros, fue condenado por la justicia al ser objetor de conciencia en la guerra de Vietnam. Michael Jordan, criticado por no involucrarse en los problemas de su comunidad, adhirió ahora a la causa y donó USD 100 millones para las organizaciones que trabajan por la igualdad racial.

La genuflexión se ha convertido en el símbolo de un país que ha perdido la fe en sus proclamas históricas: libertad e igualdad.Con el deporte profesional parado por la pandemia, no se sabe qué harán los jugadores cuando vuelvan a los estadios; seguramente, la misma genuflexión que hoy repiten los movilizados, los bomberos y hasta algunos policías. Los jugadores de fútbol exigieron una respuesta a los dirigentes. El viernes, el comisionado de la NFL, Roger Goodell, reconoció que fue un error no escuchar y alentar a los jugadores en su protesta pacífica. Es decir, Kaepernick y los otros futbolistas no se habían equivocado.

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