noticias-antioquia 18 enero, 2020



En el país aún cuesta tomar la decisión de llevar a padres y más familiares a un geriátrico, pero ya se habla del tema. Algunos adultos mayores llegan a esos espacios de cuidado, luego de haber enfrentado caídas y más percances.  Y un grupo de viudos o solteros, sin hijos, lo ven como una opción, para vivir sin sobresaltos.

Ese es el caso de Carlos Chiriboga Miño, de 85 años. En el 2002 enviudó, así que decidió dejar EE.UU., en donde trabajaba para la industria aérea. No tiene hijos, se quedó un tiempo con su hermana; pero prefirió un lugar propio. Lo encontró en Plenitud Ciudad Alegría.

En este centro -inaugurado hace 26 años en la Biloxi, sur de Quito- habitan 90 adultos mayores, 56 de ellos mujeres.

“Esta es como mi casa. Vine por mi voluntad, no a la fuerza. Pago todo con mi pensión”.

Lo cuenta, tras dejar de leer, unos minutos, EL COMERCIO. Una pintura del rostro de su madre decora su habitación, en una zona más privada de Plenitud. Varios aviones, banderas del Ecuador y del Aucas y trofeos de torneos de 40 llenan una repisa. A su izquierda se ubica el tanque de oxígeno, que usa todo el día, efecto de haber fumado desde jovencito.

En Ecuador hay aproximadamente 1 264 423 personas de más de 65 años. En Quito hay 90 267, según el INEC.

El Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES) se encarga del control de los centros, privados y públicos, que ofrecen servicios residenciales y diurnos a esta población. Pero según la viceministra Alba Jalón, no saben cuántos de estos espacios particulares funcionan en el país.

En este año, su propósito -aseguró- es iniciar el proceso de seguimiento y monitoreo, para garantizar que se les brinde la mejor atención. “Vamos a revisar la norma técnica, identificar dónde están los centros; quizá algunos tuvieron permiso de funcionamiento en un momento, con ciertos indicadores de calidad, pero las exigencias han cambiado; haremos un inventario social”.

En Plenitud hay terapias ocupacionales y físicas, equinoterapia e hidromasaje. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

En Quito y en los valles hay centros de todo tipo; al mes por el servicio residencial se puede pagar desde unos USD 500 hasta más de 1 000. La mayoría funciona en casas adaptadas.

Según el MIES, “algunas denuncias (no detallaron cuántas ni de qué tipo) han sido formuladas por familiares de centros privados”. En caso de detectar vulneración de derechos, dijeron, sus técnicos hacen un seguimiento del caso.

En países como España, inspectores supervisan estos espacios continuamente. Y logran tener un listado detallado de residencias sancionadas por falta de higiene, descuido en la asistencia, poco personal o hacinamiento. Por lo que diario El País publica nombres y número de amonestaciones.

Un sistema parecido se debería adoptar en el país, opina Pablo Carrera, de 67 años. Es el único hijo de María Angélica Alemán, de 93. Por su trabajo fuera de Quito no podía cuidarla. Hace siete años llegó y la encontró sobre el piso de su hogar, había amanecido allí. “Ese día me pidió buscarle un lugar especializado”.

Para este arquitecto fue difícil dar con un sitio apropiado. Por eso cree que debiera haber una lista de centros recomendados. En Plenitud, con la pensión de su madre, paga unos USD 600 al mes. Todos los domingos almuerza con ella.

“Los hijos, por más amor que sientan por sus padres, a veces no pueden con ellos. Por ejemplo con una mamá que ya usa pañal o un papá que ha perdido la memoria”, comenta Diego Beltrán, propietario de La Casa del Abuelito, que funciona desde hace seis años en la Eloy Alfaro y Gaspar de Villarroel.

La gente -anota- va abriendo la mente, “ya no ve como un pecado, como un crimen dejar al padre en un asilo”. Para él resulta peligroso que estén solos, sentados, sin hacer nada, con la posibilidad de quemarse en la cocina, como le cuentan pasa.

En ese espacio viven 22 ‘abuelitos’, 12 hombres, de 78 a 92 años; por el servicio pagan USD 700 al mes. A cambio tienen enfermería 24 horas del día, alimentación, cuidado de su ropa, cabello y pies; terapias, misas, fiestas de cumpleaños. También hay guardería, con transporte puerta a puerta, por 370, de lunes a viernes, de 09:00 a 16:00.

Alfredito y Blanquita, de 96 y 94 años, son un matrimonio que vive en ese lugar. Sus tres hijos, dos médicos y un administrador de empresas, los visitan seguido.

Cecilia Rodríguez, esposa del exalcalde Rodrigo Paz, dirige Plenitud; fue pionera en levantar una casa así, pensada exclusivamente en servicios para esta etapa de la vida.

“Hay que hacer conciencia y dejar de lado el sentimiento de culpa”, apunta. Y recuerda que en ocasiones en los hogares se mantiene a los abuelos hacinados, sin tomarlos en cuenta porque sus hijos y nietos viven un mundo muy diferente.

En centros como Plenitud -afirma- llegan a ‘la universidad de la tercera edad’: comparten con contemporáneos los mismos intereses, se descarta la soledad, son activos intelectualmente y manualmente, con terapias, gimnasia, baile; distracciones como bingo.

Inés, de 69 años, es una entre seis hijos de Diego Vinueza, de 94. Hace cinco llegaron a Plenitud, luego de ver lugares en Carcelén, Calderón, los valles. Su papá a veces salía de su casa, con la intención de ir a misa, y se perdía. Además tiene problemas médicos, por eso siente que fue una buena decisión.

Las historias son diversas. Así, el médico Marcelo Carrillo, de 67, vivía solo y sus tres hijos lo llevaron allá. “Voy cinco meses y paso ocupado”, cuenta. Olga Benalcázar, soltera, y Luis Salazar, viudo, de 67 y 84, encontraron compañía uno en el otro, a veces él maneja y salen a visitar a sus hijos. Olga Pazmiño, de casi 89, decidió hace nueve años ir a ese espacio. “Es un lugar acogedor, lo hallé tras visitar 11 centros”.

Deja un comentario.

Tu dirección de correo electrónico no será visible. Los campos obligatorios están marcados con *